“España sigue hoy sin Presupuestos Generales del Estado, algo que en cualquier democracia sería motivo suficiente para asumir responsabilidades políticas o convocar elecciones. Aquí, no. Aquí se ha normalizado lo anómalo. Se gobierna sin presupuestos y por lo tanto sin planificación ni capacidad real para acometer inversiones estratégicas, como las que necesitan infraestructuras críticas como el ferrocarril. Y luego se pide a los ciudadanos que acepten los accidentes como si fueran fenómenos naturales.
El Ministro de Transportes no puede ampararse en ruedas de prensa repletas de mentiras para salvar su responsabilidad. Mantener segura la red ferroviaria exige inversiones constantes, y una completa dedicación, incompatible con tantas horas dedicadas a las RRSS.
La responsabilidad es política y tiene nombres y apellidos. Un presidente del gobierno que acepta gobernar sin presupuestos está aceptando, conscientemente, el riesgo de que el Estado funcione por inercia. Y un Gobierno que funciona por inercia acaba fallando en lo esencial: la seguridad, el mantenimiento y la calidad de los servicios públicos. No es una casualidad; es una consecuencia.
Mientras se negocian amnistías, privilegios territoriales y cesiones diseñadas exclusivamente para comprar los apoyos de partidos minoritarios, la gestión real se degrada. El Gobierno habla mucho, anuncia mucho y gobierna nada. Ha convertido la legislatura en un ejercicio de resistencia personal, no en un proyecto de país. Y en ese contexto, el ferrocarril —como tantas otras áreas— deja de ser una prioridad para convertirse en una línea más de un discurso vacío.
Apelar a la fatalidad tras Adamuz es eludir responsabilidades. No hay fatalidad cuando se gobierna sin presupuestos ni programa. No hay fatalidad cuando se renuncia a invertir. No hay fatalidad cuando se elige conscientemente la supervivencia política frente a la gestión. No hay nadie frente al timón, y gobernar sin rumbo trae nefastas consecuencias.
Adamuz es mucho más que un accidente. Es la prueba de que España está dirigida por un Gobierno ausente, más preocupado por sostener una mayoría artificial que por cumplir su función básica: gobernar.
Un Gobierno que no gobierna, que no planifica y que no invierte no solo fracasa políticamente. Falla como garante de la seguridad de los ciudadanos. Y cuando un gobierno llega a ese punto, el problema ya no es la oposición, ni la herencia recibida, ni los técnicos. El problema es el propio gobierno. La Justicia dirá si este gobierno es además responsable penal.”