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Urbanismo en una urbanización histórica

La Moraleja se juega su futuro entre las encinas y el ladrillo

La Moraleja se juega su futuro entre las encinas y el ladrillo

La propuesta para proteger el modelo residencial pone sobre la mesa el dilema de una urbanización que quiere conservar sus grandes parcelas, sus viviendas unifamiliares y sus más de 11.000 árboles sin impedir que las casas se adapten a las nuevas necesidades.

lunes 28 de septiembre de 2026, 12:46h
La Moraleja se enfrenta a una pregunta que puede marcar su paisaje durante las próximas décadas: ¿hasta dónde proteger lo que la convirtió en La Moraleja sin impedir que sus casas sigan cambiando? Entre encinas centenarias, grandes parcelas y viviendas unifamiliares se abre ahora un debate que afecta al futuro de la urbanización. La propuesta de preservar su modelo residencial busca mantener una identidad construida durante décadas, pero también obliga a decidir qué ocurrirá cuando esa protección choque con placas solares, cargadores eléctricos, nuevas reformas o la necesidad de transformar las parcelas.

La Moraleja quiere conservar lo que la hizo diferente. Y ahí comienza el problema. La propuesta de la Asociación de Vecinos para proteger el modelo residencial abre un debate que va mucho más allá de los árboles y las grandes parcelas: qué puede cambiar en las viviendas y qué deberá permanecer intacto.

Durante décadas, la fórmula ha sido reconocible: casas unifamiliares, parcelas de gran tamaño, baja densidad y un paisaje en el que las encinas forman parte de las calles. Un modelo residencial que ha convertido a La Moraleja en uno de los enclaves más singulares de Alcobendas.

Pero el tiempo también entra por las puertas de las casas. Placas solares, cargadores para vehículos eléctricos, nuevos sistemas de climatización, aislamiento y reformas para mejorar la eficiencia energética son necesidades actuales que no existían cuando se diseñó buena parte de la urbanización.

La futura protección tendrá que decir dónde está la línea: qué se podrá ampliar, qué se podrá reformar y qué actuaciones necesitarán autorización. Y, sobre todo, qué ocurrirá con las parcelas y con sus posibilidades de transformación.

Ahí se encuentra el verdadero alcance del debate. Proteger la baja densidad puede evitar que el modelo residencial se transforme, pero también puede reducir las opciones futuras de algunos propietarios. La letra pequeña será, por tanto, tan importante como el objetivo de conservar el paisaje.

La historia en sus calles

Para entender qué está en juego basta con caminar. La Moraleja cuenta su historia en sus propias calles. El Paseo de la Marquesa Viuda de Aldama conduce hacia un territorio donde el pasado todavía aparece entre viviendas, jardines y árboles.

Las encinas son el gran testigo. La Entidad de Conservación mantiene un inventario de más de 11.000 árboles, una cifra que explica hasta qué punto la vegetación forma parte de la identidad de la urbanización.

Después aparece Hoyarrasa. Y más adelante, el Camino Ancho. Los nombres no son simples direcciones. Son restos de una geografía anterior, cuando este territorio estaba atravesado por caminos y formaba parte de una finca muy distinta de la actual. La documentación histórica sitúa en el entorno del Camino Ancho la antigua casa del guardia del Real Bosque de La Moraleja. Antes de los chalés hubo una finca vinculada a la Corona, con un pasado forestal y cinegético que se remonta al siglo XVIII.

Los antecedentes llegan hasta el reinado de Carlos III y la existencia de un Real Sitio de La Moraleja. Después vendrían cambios de propietarios, usos y proyectos hasta que el territorio comenzó a convertirse en el enclave residencial que hoy conocemos.

La transformación

La transformación decisiva llegó a mediados del siglo XX. En 1946 se planteó un proyecto de ordenación inspirado en criterios próximos al modelo de ciudad jardín. La vivienda debía integrarse en un entorno de baja densidad y abundante vegetación.

La idea todavía se reconoce. Las casas no ocupan el paisaje: conviven con él. Las zonas verdes se intercalan entre las parcelas y determinadas calles mantienen una escala que permite recorrerlas a pie.

También la toponimia conserva aquella geografía. Camino de la Fuente, Camino de la Huerta, Camino de las Jaras, Camino de la Hípica, Vereda de los Llanos o Vereda de las Peñas evocan un territorio de fuentes, huertas, vegetación y antiguos caminos. Hoy esos nombres sobreviven rodeados de viviendas y servicios. Son pequeñas piezas de una historia que no desapareció con la urbanización, sino que quedó incorporada a ella.

La pregunta ahora es qué parte de esa historia se quiere conservar. Porque proteger La Moraleja no significa únicamente proteger sus casas o sus árboles. Significa decidir qué modelo de ocupación del territorio podrá existir dentro de veinte o treinta años. Y ahí aparece la contradicción. Una urbanización diseñada para mantener grandes espacios verdes necesita adaptarse a una sociedad que exige viviendas más eficientes, electrificadas y tecnológicamente preparadas.

Evitar que una cosa destruya a la otra

Las parcelas serán uno de los escenarios principales. Su tamaño y su baja densidad explican buena parte de la singularidad del enclave, pero también representan una posibilidad de transformación que una futura protección podría limitar.

Todavía queda por conocer el alcance exacto de las medidas que puedan adoptarse. Hasta que no se concreten sus condiciones, no será posible determinar con precisión qué reformas, ampliaciones o nuevas actuaciones quedarán permitidas. Mientras tanto, las calles siguen contando la historia. Una encina de gran porte, una vereda, un camino que conserva parte de su trazado o una perspectiva arbolada pueden decir tanto sobre La Moraleja como cualquier edificio.

La urbanización actual es el resultado de varias capas superpuestas: el antiguo territorio vinculado a la Corona, la finca histórica, el proyecto residencial de 1946 y la realidad de quienes hoy viven en ella. Y ahora se añade una nueva capa: la decisión sobre cómo proteger ese legado sin convertirlo en una pieza congelada.

La Moraleja tendrá que decidir qué quiere conservar y cuánto espacio deja para cambiar. Porque el verdadero desafío no es elegir entre pasado y futuro, sino conseguir que ambos puedan convivir.

Las encinas seguirán siendo parte del paisaje. Los nombres de los caminos seguirán recordando lo que hubo antes. Y las viviendas tendrán que seguir respondiendo a las necesidades de quienes las habitan.

El futuro de La Moraleja se decidirá, en buena medida, en ese equilibrio: entre las parcelas y las casas, entre los árboles y las nuevas tecnologías, entre la memoria de la finca y la vida que continúa dentro de ella.

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