“Empecemos por una idea que debería ser fácil de compartir: España tiene que defender sus fronteras. Ceuta es una ciudad española y su frontera es también una frontera europea. Es razonable exigir que esté controlada, que las autoridades sepan quién entra y que los agentes dispongan de medios para hacer su trabajo. También lo es pedir una respuesta rápida cuando una situación supera la capacidad habitual de una ciudad.
Para los ceutíes, esto no ocurre en un mapa. Ocurre junto a sus casas, en sus calles y en los lugares donde llevan a sus hijos al colegio. Tienen derecho a pedir seguridad, información y apoyo sin que se les atribuyan intenciones que quizá no tienen. Si el problema afecta a una frontera europea, la responsabilidad de responder tampoco puede descansar únicamente sobre quienes viven al lado de ella. La Comisión Europea ha anunciado apoyo para la gestión fronteriza y para ampliar la capacidad de acogida en Ceuta.
Ahora bien, al otro lado de cualquier debate sobre fronteras hay personas concretas. No sabemos qué historia trae cada una con solo verla en una fotografía. Algunas pueden buscar trabajo o una vida mejor; otras pueden necesitar protección. Habrá adultos y habrá menores. A todos se les debe tratar con dignidad, atender si están en peligro y dar una respuesta conforme a la ley.
Eso incluye estudiar cada situación con garantías. Defender una frontera no exige renunciar al derecho de asilo ni olvidar que las decisiones sobre las personas tienen consecuencias reales. La Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea reconoce el derecho de asilo y prohíbe las expulsiones colectivas. Son compromisos europeos tan propios como la protección de sus fronteras.
Tampoco conviene cargar toda la discusión sobre quienes llegan. Los vecinos necesitan poder vivir con tranquilidad. Los agentes y los equipos de atención necesitan recursos y criterios claros. Y las personas que esperan una resolución necesitan saber qué va a pasar con ellas. Cuando una crisis se prolonga y faltan respuestas, la incertidumbre acaba pesando sobre todos.
Por eso hacen falta medidas concretas: controlar la frontera, identificar a quienes llegan, atender las situaciones de mayor vulnerabilidad, tramitar las solicitudes de protección y resolver cada caso de acuerdo con la ley. Quien tenga derecho a quedarse debe encontrar una vía ordenada para hacerlo; quien no lo tenga debe recibir una resolución con garantías. Ceuta, además, necesita apoyo suficiente para que estas tareas no desborden sus servicios ni alteren indefinidamente la vida de la ciudad.
También deberíamos cuidar cómo hablamos de lo que ocurre. Una cifra puede ayudarnos a entender la magnitud de un problema, pero no cuenta la historia de cada persona. Y una imagen conmovedora puede acercarnos a alguien, pero no basta por sí sola para organizar una respuesta. Necesitamos datos, capacidad de gestión y la voluntad de escuchar a quienes están viviendo la crisis de cerca.
Se puede pedir firmeza a las instituciones y sensibilidad en el trato. De hecho, ambas cosas deberían ir juntas. Ceuta necesita que se defienda su frontera, que se cuide a sus vecinos y que se respeten los derechos de quienes llegan. Para estar a la altura de esta crisis, hay que ser capaces de mirar el mapa sin dejar de ver las caras.”