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Ignacio García de Vinuesa, exalcalde de Alcobendas

No a la guerra de Sánchez
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No a la guerra de Sánchez

Ignacio García de Vinuesa

lunes 30 de marzo de 2026, 09:44h

En política hay eslóganes que pretenden unir, y otros que se utilizan para dividir. El “No a la guerra” rescatado por Pedro Sánchez pertenece, sin duda, a esta segunda categoría. Hay que tener valor para presentar como distintivo propio algo que suscribiría desde el primer hasta el último ciudadano con un mínimo de sentido común. Pero Sánchez sigue con su obsesión de dividirnos entre buenos y malos.

Descubrimiento histórico: la gente no quiere guerras. Qué audacia política. Qué riesgo. Qué posicionamiento tan valiente. Solo faltaba convocar una rueda de prensa para anunciar que el agua moja y el fuego quema. Pero no, aquí el mérito parece consistir en repetir lo obvio con tono solemne, como si se tratara de una revelación inédita al servicio de la humanidad.

Lo verdaderamente interesante no es el lema, sino el envoltorio. Sánchez no dice simplemente “No a la guerra”; lo dice para auparse en un pedestal moral, sugiriendo que hay otros -vagos, imprecisos, pero siempre sospechosos- que no comparten tan elevada convicción. La forma sanchista de insinuar que quien no corea su consigna quizá tenga inclinaciones belicistas: discrepar del gobierno es equiparable a apoyar los bombardeos. Solo algunos regímenes extremos —los de los ayatolás, por ejemplo, podrían competir en entusiasmo bélico con esa caricatura implícita.

Mientras tanto, el truco funciona para algunos: se habla del eslogan y no de lo próximo. No de la falta de presupuestos, ni de los escándalos, ni de una gestión que acumula fracaso tras fracaso.

El “No a la guerra” opera como una cortina de humo de manual, de esas que convierten cualquier crítica en algo casi indecente: ¿cómo vas a cuestionar a quien está, nada menos, que contra la guerra? Y por si faltaba algo, recurre al clásico de la política progresista: el viaje al pasado. Ahí aparece, puntual, José María Aznar, convertido en antagonista permanente, como si gobernara aún desde una dimensión paralela. Porque nada refuerza más un mensaje actual que reabrir debates de hace veinte años. Es una forma de hacer oposición… a la oposición, con la mirada fija en el retrovisor.

Pero la coherencia tiene sus límites. Porque mientras se proclama el rechazo absoluto a la guerra, el Gobierno sigue participando sin complejos en el mercado internacional de armamento, incluyendo operaciones con países como Israel. Pero no conviene detenerse en esos detalles: podrían estropear la pureza del eslogan.

En definitiva, el “No a la guerra” de Sánchez no es una propuesta, ni una política, ni siquiera una idea. Es un ejercicio de marketing moral: apropiarse de lo evidente para parecer excepcional. Y en política, cuando alguien necesita recordar constantemente lo bueno que es, quizá lo que falla no es el mensaje, sino la credibilidad.

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