Cada verano se repite la misma escena: humo, llamas, desalojos y cientos de profesionales luchando contra incendios que arrasan espacios naturales de gran valor. En la Comunidad de Madrid, como en otros territorios, el cambio climático ha aumentado el riesgo, pero existe otro factor que no debería ignorarse: la gestión del monte.
Durante años se ha extendido la idea de que intervenir lo mínimo posible en los bosques es la mejor forma de protegerlos. Algunos colectivos ecologistas defienden esta postura porque consideran que muchas actuaciones humanas pueden dañar los ecosistemas. Esa preocupación es legítima y necesaria, pero el problema aparece cuando cualquier actuación de mantenimiento se interpreta como una amenaza para la naturaleza.
Los montes actuales no son espacios aislados ni completamente naturales. Muchos han acumulado durante décadas matorral, ramas secas y biomasa que, en condiciones de calor extremo y sequía, se convierten en combustible para incendios cada vez más difíciles de controlar. La poda selectiva, el desbroce controlado y la limpieza de determinadas zonas no deberían verse como un ataque al medio ambiente, sino como herramientas de prevención cuando se realizan con criterios técnicos.
También resulta necesario recuperar el papel de los ganaderos en la conservación del territorio. Durante generaciones, el pastoreo tradicional ayudó a mantener los montes más limpios gracias al consumo de vegetación por parte del ganado. Hoy muchos profesionales del sector denuncian las dificultades administrativas y las restricciones que limitan esta actividad en algunas zonas. Mientras se destinan recursos públicos a retirar vegetación, se desaprovecha una herramienta natural que puede contribuir a reducir la carga de combustible del monte.
Otro debate pendiente es el uso de vehículos a motor y motocicletas en caminos forestales. Evidentemente, cualquier actividad irresponsable debe ser controlada para evitar daños o incendios, pero prohibir por sistema tampoco parece la solución. El tránsito autorizado por pistas forestales ayuda a mantener caminos abiertos y accesibles, facilita la vigilancia del territorio y permite que los servicios de emergencia puedan actuar con mayor rapidez cuando se produce un incendio. Un camino abandonado y cubierto de vegetación pierde utilidad precisamente cuando más falta hace.
La protección del medio ambiente no debería basarse únicamente en prohibiciones. Un bosque necesita conservación, pero también necesita gestión. Mantener cortafuegos, conservar pistas, permitir actuaciones preventivas y escuchar a quienes conocen el territorio son medidas compatibles con la defensa de la naturaleza.
Muchos colectivos ecologistas han realizado una labor importante en la protección de espacios naturales y en la denuncia de proyectos perjudiciales para el medio ambiente. Sin embargo, el debate sobre los incendios exige también hablar de prevención y de gestión activa. La pregunta no debería ser si hay que tocar o no tocar el monte, sino cómo actuar de la manera más responsable para evitar que un incendio destruya en horas lo que la naturaleza tarda décadas en recuperar.
La Comunidad de Madrid necesita una política forestal basada en el conocimiento científico y en el equilibrio. Conservar no significa dejar el monte abandonado; significa cuidarlo. Y para cuidarlo es necesario contar con técnicos forestales, agricultores, ganaderos, vecinos rurales y todos aquellos que conocen el territorio.
Porque la mejor forma de defender nuestros bosques no es esperar a que llegue el fuego, sino trabajar durante todo el año para que nunca encuentre las condiciones perfectas para arrasarlos.