La procesionaria no es únicamente una molestia. Sus pelos urticantes pueden provocar reacciones y lesiones, y el riesgo es especialmente elevado para los perros. Un simple contacto con el hocico o la lengua puede tener consecuencias graves, por lo que evitar que las orugas lleguen al suelo resulta fundamental.
La clave está en adelantarse. Durante el otoño, las larvas todavía se encuentran en sus primeros estadios de desarrollo y se alimentan de las acículas de los pinos. En esta fase son más vulnerables y los tratamientos aplicados sobre las copas ofrecen mejores resultados.
En El Soto de la Moraleja, las actuaciones siguen las recomendaciones técnicas de los especialistas y de la Comunidad de Madrid. La primera campaña se desarrolla entre el 10 de octubre y el 5 de noviembre, aunque el periodo preferente para intervenir se sitúa entre el 15 y el 31 de octubre.
La campaña puede prolongarse con una segunda aplicación o repaso entre el 7 y el 20 de noviembre cuando el nivel de infestación o el producto empleado así lo aconsejen. En cualquier caso, los técnicos advierten de que no basta con mirar el calendario: también hay que comprobar el estado de desarrollo de las larvas.
El tiempo juega igualmente un papel importante. Las aplicaciones deben realizarse en jornadas sin lluvia y con poco viento. El agua puede disminuir la eficacia del tratamiento y las rachas de viento pueden favorecer la dispersión del producto fuera de la zona prevista.
Esperar a febrero o marzo significa llegar demasiado tarde para una prevención eficaz. Para entonces, las orugas suelen haber avanzado en su desarrollo y comienzan a abandonar los árboles para desplazarse por el suelo formando las características procesiones.
Es precisamente en ese momento cuando aumenta el peligro. Los perros, por su curiosidad y su contacto habitual con el suelo, son especialmente vulnerables ante unas orugas que pueden pasar inadvertidas entre la vegetación.
La prevención, por tanto, no empieza cuando aparecen las procesiones, sino varios meses antes. Octubre y noviembre son la ventana de oportunidad para actuar y reducir el riesgo antes de que la plaga vuelva a hacerse visible.
La recomendación es clara: si se quiere evitar el problema en primavera, hay que actuar ahora. Cuando las orugas comienzan a desfilar por las aceras, ya no es momento de prevenir; el peligro ya está en el suelo.